martes, 18 de mayo de 2010

Cuando tu vida parece una comedia italiana

Una del mediodía. Yo he llegado de mis vacaciones hace unas horas y estoy frente al ordenador subiendo fotos a Facebook (por cierto, esas vacaciones son el motivo de que haya estado una semana sin actualizar el blog). Toda mi familia está conmigo en mi casa, charlando, viendo las fotos en cuestión y tomando café. De repente escuchamos gritos: una voz femenina pidiendo ayuda.

Salimos a ver qué pasa y vemos a una señora rusa gritando en pánico. La anciana del ático, a la que cuida, puede que esté muerta. El portero sube rápido. Mi padre y yo agarramos las llaves y un móvil y subimos detrás. El ascensor está ocupado, así que subimos al ático por las escaleras.

Entramos al piso del ático que tiene la puerta abierta y comprobamos que la anciana está sentada en el baño, visiblemente mareada, pero viva. El portero y la señora rusa se encargan de llevarla hasta su cama. La mujer se sienta y vomita. Mientras tanto mi padre ha llamado al 061, pero me pasa el teléfono a mí porque yo puedo indicar mejor la dirección (lógico, teniendo en cuenta que es mi casa). Así que tenemos a una anciana española mareada y con vómitos, a una cuidadora rusa con tanta ansiedad que se siente casi peor que la anciana, a un portero mayor y cansado sujetando la cabeza de la anciana mientras intenta tranquilizar a la cuidadora, a un argentino despreocupado que intenta adivinar qué tendrá la anciana en base a sus síntomas y a su hijo intentando pasar las instrucciones de la médica (que me está hablando por teléfono) a la cuidadora ansiosa.

Y cuando ya parece que la situación no puede parecer más de comedia italiana sube mi cuñada, que habla ruso, y se pone a hablar con la cuidadora. Así que pasamos a tener diálogos simultáneos de esta señora en dos idiomas diferentes (con mi cuñada recién llegada para, supongo, explicar la situación, y conmigo para recibir las instrucciones de lo que tiene que hacer hasta que llegue el médico), mientras el portero le dice a mi padre que esto nunca le había pasado y mi padre, con su tranquilidad habitual, responde que no debe ser nada grave. La anciana, por su parte, en este punto ya está acostada en su cama, de lado, eso sí, para no correr el riesgo de atragantarse con su propio vómito.

No sé exactamente cómo terminó la historia, aunque me figuro que el médico apareció y la anciana no murió, porque no escuché más gritos. La cuidadora, por su parte, se hizo amiga de mi cuñada, y mi padre aprendió que el número para pedir una ambulancia en España es el 061 (que no lo hubiera aprendido en los quince años que llevamos aquí me parece un indicador claro, por cierto, de la buena salud imperante en mi familia). En cuanto a mí... Seguí subiendo las fotos al Facebook, y decidí que ya tenía un tema con que actualizar el blog porque, cosa curiosa, la semana entera de vacaciones no me proporcionó una anécdota suficientemente insólita como para comentarla aquí.

*Post relacionado: cuando tu vida parece un gag que se repite.

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