martes, 17 de febrero de 2009

Cuando tu vida parece un gag que se repite

Lunes, 20:28. Hacía aproximadamente una hora que no entraba nadie en la relojería, y justo ahora, cuando faltan dos minutos para cerrar, entra un chico de veintitantos con una señora (su madre) y detrás de ellos otro chico joven. A los primeros los atiende mi compañero, mientras yo pregunto al segundo en qué lo puedo ayudar. ¿Tenemos pasadores para enganchar la correa? Sí, tenemos, para su reloj será uno de unos 20 milímetros. Lo busco, lo encuentro y lo coloco, todo en aproximadamente un minuto (hace casi dos años que trabajo en la relojería). A las 20:30 ya le he cobrado y empiezo a colocar las barras del escaparate. Escucho al otro joven, que no sólo tiene una terrible voz de tonto, sino que además consulta a su madre como si no fuera capaz de decidir por sí solo. Mi compañero hace acopio de paciencia.

Han pasado varios minutos más. El escaparate está tapado y cerrado, y sus luces apagadas. La puerta también está cerrada. Tomo el gancho que usamos para bajar las verjas, y espero al lado de la madre del chico (me gustaría bajar las verjas a la mitad mientras se deciden, pero ella está justo en donde tengo que poner un palo intermedio que las sujeta). Ya tengo la chaqueta puesta. El chico se va probando los cinco relojes que sacó mi compañero guiado por la descripción de lo que él quería. Al final hasta su madre le dice que se compre uno (el que parece gustarle más), pero él termina diciendo que se lo pensará, y se van sin comprar nada.

Martes, 20:29. Hace aproximadamente media hora que atendí a la última clienta que nos preguntó algo. Justo ahora, cuando falta un minuto para cerrar, entra una pareja. Detrás de ellos viene una chica. Mi compañero atiende a los primeros, mientras la chica me pregunta por el precio de un reloj. Se lo digo y se va. Comienzo a poner las barras del escaparate, mientras escucho que la pareja está consultando, con mucha calma, por las características un reloj de triple horario que estaba en la vitrina. Mi compañero hace un gran acopio de paciencia.

Han pasado varios minutos. Otra vez ya está el escaparate tapado y sus luces apagadas, y yo tengo la chaqueta puesta. En mi mano izquierda tengo el gancho para bajar las verjas, que no puedo mover porque la chica está justo donde tengo que colocar el palo intermedio que las sujeta. Tras preguntar todas las dudas que puedan surgir y algunas otras que nadie nos había preguntado antes (¿va con una sola pila? No, cada horario tiene su propia máquina y su propia pila) deciden comprarlo. Cuesta 36 €. Se dejaron la tarjeta en el hotel, así que él saca los billetes y lleva 30 €. Sacan las monedas, y se ponen a contarlas con mucha paciencia. Mi compañero procura que no se le hinche demasiado la vena del cuello.

Ocho minutos más tarde (sí, en serio, ocho minutos de reloj -nunca mejor dicho- fue lo que tardaron en contar las moneditas) la pareja ya está plenamente convencida de que ni siquiera juntando las monedas que llevan los dos en los bolsillos conseguirán reunir los 6 € que les faltan. ¿Están por cerrar, verdad?, pregunta el hombre. Al final dicen que volverán mañana con la tarjeta.



Ahora es martes, son las 21:50, y yo estoy escribiendo este post porque esto parece una broma. A ver, no es que no haya salido nunca algo más tarde del trabajo. De hecho, estas cosas pueden ocurrir con una frecuencia de una vez por semana aproximadamente. Pero, ¿dos veces exactamente igual? ¿Las dos veces con personajes tan caricaturescos? Me siento como si de pronto mi vida se hubiera convertido en uno de esos sketchs de programas humorísticos que repiten siempre la misma fórmula, cambiando sólo la excusa del personaje cómico. Y disculpadme si este post tiene cierto tono de queja, eso ocurre porque yo si me tengo que quedar hasta tarde me quedo, pero quedarme pa´ ná... Es tontería.

7 comentarios:

  1. Y aquí vienen las risas pregrabadas, cual sitcom...

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  2. mmmm, ¿te llamas Phil?, ¿has visto tu ptopia sombra?, ¿Habrá 6 semanas más de invierno?, ¿hoy es el día de la marmota?...

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  3. Quién sabe, puede que esten compinchados.

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  4. Si te vuelve a pasar, acércate (para que se te escuche bien, por si tiene un micro) y pregúntale Disculpe, ¿No será usted un actor del follonero? :-)

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  5. Mierda, se supone que después de lo de Truman habíamos aprendido a que no se notara... ¡habrá que cambiar de táctica!

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  6. Pasa más habitualmente de lo que parece, nos libra de ese efecto repetitipo algunos acontecimientos especiales.

    Saludos Cordiales.

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  7. Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.

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