No me chupes el reloj

miércoles 28 de noviembre de 2007


El cliente es un chico joven, probablemente menor de treinta. Es africano, y aunque le cuesta, consigue expresarse en castellano lo suficiente como para pedirme el Casio analógico con cronómetro, todo de acero, que ahora mismo está rebajado y sólo cuesta 60 € (hace un mes costaba 99). Una buena elección, en estos momentos la relación calidad/precio del reloj es excelente, y estéticamente no es feo. Me pregunta por el material, la garantía, el origen, y por último, la resistencia al agua. Le explico que sí, que es resistente. Entonces decide comprobarlo, y al muy asqueroso no se le ocurre otra cosa que chupar el reloj.

¡Qué cabronazo! ¡Me acaba de llenar el reloj de babas! ¿¿Pero en qué rayos está pensando?? ¡¡Pero si le acabo de decir que es sumergible!! ¿¿Acaso a un reloj sumergible le va a entrar tu saliva porque lo chupes durante tres segundos?? Y encima lo hace tan tranquilo, como si fuera lo más normal del mundo. Claaaro, ¿a quién no se le ocurre chupar un reloj de acero en plena tienda? Yo lo hago cada día. Siempre que veo a alguien con un reloj de acero le pregunto: ¿se lo puedo chupar?

Olvido el tono amable, y con cara de pocos amigos le digo que no haga eso. Luego tomo el reloj por la cadena, y limpio la caja con un trapo. ¿Es que acaso en África se pasan todo el día chupando relojes? No, he tenido muchos clientes africanos en esta tienda, y todos se comportan bien y con buenos modales. Se trata de este especimen, que tiene algún problema para distinguir lo que se debe chupar de lo que no.

Días más tarde le cambio una pila de reloj a una chica, y su novio, que venía con ella, no tiene mejor idea que llevarse la pila vieja a la boca y chuparla. ¿Pero qué demonios pasa ultimamente? ¿Es que hay una epidemia de lunáticos que han sufrido una regresión a la fase oral? Pues que se compren un sonajero y lo chupen cuanto quieran, pero que no vengan a la tienda, por favor.

El Guess "de hombre"

sábado 24 de noviembre de 2007


Entra una pareja, morenos, no muy altos, más bien rellenitos, unos treinta y algo cada uno. Después de comentar entre ellos y mirar un rato las piezas en exposición, me piden que les saque el Guess chapado "de hombre", mientras me señalan un estante en el que sólo hay relojes de señora ("ladies", que dirían los de Guess). Me acerco al expositor, abro y extiendo mi mano hacia un chapado cuadrado de tres cadenas, que por su gran tamaño, en más de una ocasión he vendido a caballeros. "Ese no", me dicen. Es demasiado grande, prefieren el de dos cadenas.

El hombre se lo prueba, y tiene la muñeca tan grande que el reloj no le cabe con las piezas que vienen por defecto. Pienso que en ese momento TIENEN que darse cuenta de que es un reloj puramente femenino, pero no. Lo achacan a que él tiene el brazo demasiado grande (mentira, el tipo no será una sílfide, pero su brazo es normal). Me aguanto la tentación y no les digo nada. Yo soy un vendedor y mi trabajo es vender, además, el cliente siempre tiene la razón. Le ofrezco sacar una pieza de la cadena de otro reloj igual para añadirla al suyo, y el hombre acepta encantado.

Con la pieza adicional, consigue ponerse el reloj. Imagínense el conjunto: un tío rellenito y mal afeitado, vestido con ropa deportiva, y en la muñeca un reloj Guess de mujer, todo chapado en oro, con las dos cadenitas doradas rodeando su brazo. Parecía una especie de "metrosexual de barrio", una combinación realmente indescriptible. No podría quedarle peor, pero ambos lo encuentran perfecto y se lo compran. Dios mío, ¿acaso es que mis criterios estéticos están TAN equivocados? ¿Quizás es que soy yo el que no sabe combinar? ¿Quizás debo conjuntar mi metro ochenta de altura y mi perilla sin afeitar con un bonito tutú rosa? Lo pensaré.

Epílogo
El otro día vino otro hombre, con el brazo mucho más ancho, y me pidió otro Guess "ladies", chapado, pero además con brillantes alrededor. Se lo probó, pero le habrían hecho falta como tres o cuatro piezas más para que le cupiera. Por muy mal gusto que pueda tener la gente, a veces, por suerte, la realidad se impone.

No es analógico, es automático

miércoles 21 de noviembre de 2007


Llego a la tienda nueva, donde ahora tenemos el almacén, en busca de cajas de relojes de algunas marcas, que en la otra tienda se han acabado. Veo que mis compañeras están atendiendo a un cliente, un tipo rellenito, con gafas de pasta, pelo muy corto, y un estilo que parece decir: "hace más de un año que no echo un polvo sin pagar". Ellas están buscando el manual de un reloj Citizen automático (de esos que se cargan solos con el movimiento), con tanta resistencia al agua que se podría hacer submarinismo con él (aunque sinceramente, dudo que este friki salga de su casa lo suficiente como para practicar deportes subacuáticos). Miro el reloj, que no tiene ninguna función especial, e indico: es un analógico sin crono, ni radio controlado ni ninguna función especial, así que puede que no tenga manual (si a alguien le hace falta un manual para leer un simple reloj de agujas, que vuelva al colegio primario). Entonces es cuando al espertento de cliente se le ocurre corregirme: "no es analógico, es automático".

Hago acopio de paciencia, y con toda la educación posible le explico que la diferencia entre analógico (es decir, con agujas) y digital (es decir, con números) no tiene nada que ver con el movimiento. Independientemente de que sea automático, de pila o solar, un reloj con agujas es analógico, punto. El cliente parece que no entiende, o no habla mi idioma, porque insiste: "no es analógico, es automático". Entonces una compañera encuentra el manual (una especie de díptico de diez centímetros por diez, que explica cómo se le pone la hora al reloj y a qué profundidad puede sumergirlo), y aprovecho para desentenderme del tema e ir en busca de las cajas que necesitaba desde un principio. Mientras las voy juntando, escucho al especimen explicando a mi compañera qué significan las letras del código del reloj. Dice, entre otras cosas, que todos los relojes Citizen tienen tres letras antes del número de serie. Un segundo después mi compañera no puede dejar de comprobar que el reloj que tiene el cliente en las manos, antes de los números, sólo tiene dos letras. "Lo habrán cambiado esta semana", afirma el energúmeno. Claro, chaval, lo que tú digas, lo cambiaron esta semana, y además, lo hicieron sólo para fastidiarte a ti. Siento la tentación de sacar todos los catálogos de las distintas colecciones de Citizen, para mostrarle que los más de cuarenta relojes que aparecen allí tienen, todos, dos letras antes del número de serie; pero me contengo. Además, escucho de refilón algo sobre la última letra, que por lo visto indica dónde se fabricó el reloj. Curioso, y yo que pensaba que todos los Citizen se fabricaban en Japón.

Poco rato después ya estoy de vuelta en la otra tienda. Unas horas después vuelvo, a buscar alguna otra caja, y mi compañera me comenta que el muchacho finalmente no compró el reloj. Seguramente no tendrá suficiente dinero porque se lo gasta todo en suscripciones a webs de pornografía en las que debe pasar el 90% de su tiempo. Pero por lo visto, antes de irse, le volvió a afirmar, señalando al reloj, "no es analógico, es automático". Y como el cliente siempre tiene la razón, a partir de ahora tenéis que tener en cuenta lo siguiente: si veis un reloj automático con un par de agujas, olvidadlo, es solamente un producto de vuestra imaginación. Un reloj automático, jamás puede ser analógico.

Dios mío, ayúdame

lunes 19 de noviembre de 2007

Comienzo este blog con una historia estrictamente real:

La señora tiene un aspecto de lo más extraño. Es algo obesa, morena, y lleva en cada muñeca tantas pulseras de colores, que si las juntara todas podría hacer un túnel que atravesara el Pirineo. Es posiblemente la mujer más nerviosa que he visto en mi vida, y procede, según me cuenta, de Guinea Ecuatorial. Encima del mostrador le acabo de dejar la bandeja negra con dos relojes de marca "Calypso". Cuestan unos 60 € cada uno, y mientras que uno tiene una cara negra bastante aceptable, el otro muestra un rojo chillón horrible. Las demás características son prácticamente idénticas. Por supuesto, a la mujer le gusta más el rojo, pero no está segura. Es un regalo para su hermano, que según sus propias palabras, es "gordo y obeso" (las dos cosas, por lo visto). El caso es que la mujer está convencida de que el reloj negro tiene la correa más larga (a pesar de que ambas correas son claramente iguales), y por eso considera que el rojo no le cabrá a su hermano (quien, recordemos, es gordo y obeso).

- Las dos son iguales.

Es la tercera vez que se lo digo, pero la mujer no me escucha. Está tan nerviosa por la difícil decisión, que le tiemblan las manos. "Ay, Dios mío, ayúdame", exclama, mientras sujeta ambos relojes con las manos. Sus temblores consiguen transmitirme algo de su nerviosismo, porque temo que alguno se le caiga al suelo. Por suerte no ocurre. La mujer sigue mirando y midiendo las correas, y vuelve a convencerse de que la del negro es más larga (¿tendrá algún problema en la vista?).

- Si no le sirve, puede cambiarle la correa.

Otro intento fallido. La mujer me explica que en su país no hay nada, y mucho menos una tienda de relojes donde cambiar una correa. Me pregunto cómo harán los guineanos para saber la hora. ¿La intuirán, según la posición del sol en el cielo?

Media hora más tarde, la mujer sigue delante mío. Increíblemente, aún no le ha dado un infarto, a pesar del tiempo que lleva con un insistente temblor en las manos. Finalmente decide apartar el reloj negro, que tiene la correa más larga, dejándome una paga y señal. Volverá la semana siguiente con una amiga, para consultar con ella a ver si realmente debe llevarse el negro, o si, por el contrario, el rojo (mucho más bonito, es evidente) tiene una correa suficientemente larga para caber en la muñeca de su gordo y obeso hermano. Como la amiga hace apenas unos meses que ha llegado desde Guinea Ecuatorial, tiene la imagen del muchacho mucho más fresca en su memoria, por lo que podrá ayudarla. Mientras la mujer se va, yo me pregunto: ¿y si al hermano se le ocurrió hacer dieta los últimos meses? Sería una lástima que, por un recuerdo equivocado, el joven se perdiera ese hermoso reloj rojo.

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