Dios mío, ayúdame

| lunes, 19 de noviembre de 2007
Comienzo este blog con una historia estrictamente real:

La señora tiene un aspecto de lo más extraño. Es algo obesa, morena, y lleva en cada muñeca tantas pulseras de colores, que si las juntara todas podría hacer un túnel que atravesara el Pirineo. Es posiblemente la mujer más nerviosa que he visto en mi vida, y procede, según me cuenta, de Guinea Ecuatorial. Encima del mostrador le acabo de dejar la bandeja negra con dos relojes de marca "Calypso". Cuestan unos 60 € cada uno, y mientras que uno tiene una cara negra bastante aceptable, el otro muestra un rojo chillón horrible. Las demás características son prácticamente idénticas. Por supuesto, a la mujer le gusta más el rojo, pero no está segura. Es un regalo para su hermano, que según sus propias palabras, es "gordo y obeso" (las dos cosas, por lo visto). El caso es que la mujer está convencida de que el reloj negro tiene la correa más larga (a pesar de que ambas correas son claramente iguales), y por eso considera que el rojo no le cabrá a su hermano (quien, recordemos, es gordo y obeso).

- Las dos son iguales.

Es la tercera vez que se lo digo, pero la mujer no me escucha. Está tan nerviosa por la difícil decisión, que le tiemblan las manos. "Ay, Dios mío, ayúdame", exclama, mientras sujeta ambos relojes con las manos. Sus temblores consiguen transmitirme algo de su nerviosismo, porque temo que alguno se le caiga al suelo. Por suerte no ocurre. La mujer sigue mirando y midiendo las correas, y vuelve a convencerse de que la del negro es más larga (¿tendrá algún problema en la vista?).

- Si no le sirve, puede cambiarle la correa.

Otro intento fallido. La mujer me explica que en su país no hay nada, y mucho menos una tienda de relojes donde cambiar una correa. Me pregunto cómo harán los guineanos para saber la hora. ¿La intuirán, según la posición del sol en el cielo?

Media hora más tarde, la mujer sigue delante mío. Increíblemente, aún no le ha dado un infarto, a pesar del tiempo que lleva con un insistente temblor en las manos. Finalmente decide apartar el reloj negro, que tiene la correa más larga, dejándome una paga y señal. Volverá la semana siguiente con una amiga, para consultar con ella a ver si realmente debe llevarse el negro, o si, por el contrario, el rojo (mucho más bonito, es evidente) tiene una correa suficientemente larga para caber en la muñeca de su gordo y obeso hermano. Como la amiga hace apenas unos meses que ha llegado desde Guinea Ecuatorial, tiene la imagen del muchacho mucho más fresca en su memoria, por lo que podrá ayudarla. Mientras la mujer se va, yo me pregunto: ¿y si al hermano se le ocurrió hacer dieta los últimos meses? Sería una lástima que, por un recuerdo equivocado, el joven se perdiera ese hermoso reloj rojo.

5 comentarios:

Carpe Diem dijo...

jajajajajajajajajaajaja
Qué buena!!Y qué buena foto!!
Tienes que comprender a la pobre señora,una decisión tan trascendental como esa no puede tomarse a la ligera!!

P.S. Me he tenido q registrar para poder publicar comentarios. Shame on you!!!!!

Alan dijo...

Gracias por el post :)

No sabía que era necesario registrarse, pero bueno, ahora ya lo cambié (si querés, date de baja).

En fin, hay que comprender, sí, qué le vamos a hacer.

La Dependienta dijo...

carpe diem tiene razón: la foto no tiene desperdicio ... ¿ eres tú en la foto ?

Alan dijo...

No, el de la foto no soy yo, pero me pareció apropiada. Me imaginé que si el hermano de la mujer era como ella decía, tenía que ser más o menos así.

La Dependienta dijo...

neumático como correa ....:S:S

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